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Cristina Zabalaga

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El ultimátum

 

Tras dejar de oír completamente del oído izquierdo, Rita, mi mujer, dice algo que no alcanzo a escuchar.

Rita está sentada a mi izquierda y sólo alcanzo a entender que acabó la frase en tono de pregunta porque se queda callada y me mira fijamente.

 

En condiciones normales le explicaría a Rita que el oído se me tapó y si puede esperar hasta la próxima estación para repetir la pregunta, pero no es el caso, según Rita sólo hace falta un error mío del tamaño de su dedo meñique, pequeño e inofensivo, para que todo acabe.

 

Sí, para que todo acabe.

 

No deja de amenazarme con esa mirada.

 

Ni siquiera este viaje a Roma, que me ha costado un ojo de la cara, sirvió para ablandarla.

 

Al principio, me pareció que Rita era una exagerada y no le hice caso, pensé que se le pasaría. A veces a Rita le da por protagonizar escenas melodramáticas como si se tratase del fin del mundo.

 

Me equivoqué.

 

Mi indiferencia no hizo más que empeorar nuestra relación que en los últimos seis meses ha sido un infierno, otra vez según Rita, que tiende a exagerarlo todo.

 

Rita se cansa de mirarme y decide mirar al frente, debe pensar que yo estoy pensando en la respuesta a la pregunta que acaba de hacerme.

 

Después de unos minutos empiezo a sudar de la cabeza y miro al frente fingiendo que pienso muy seriamente antes de contestar.

 

Una de las tantas cosas que últimamente irritan a Rita es que la ignore, como si fuese un fantasma con el culo grande. En este instante mirar el mapa o contar cuántas paradas faltan para bajarnos sería el error que Rita espera de mi parte para acabarlo todo. No tengo idea de cuántas estaciones faltan, intuyo que unas diez o doce, aunque cuando estoy nervioso me equivoco con facilidad. A los sudores fríos que caen por mi frente, se suma el calor en la punta de las orejas y un dolor en el pecho que en circunstancias normales atraería los cuidados incondicionales de Rita.

 

Por ahora, decido no mencionar el asunto y continuar con la mirada fija hacia el vacío.

 

En la siguiente estación el vagón se llena de turistas, como nosotros, que hablan a los gritos y ríen, definitivamente no como nosotros. Por un instante quiero ser uno de ellos, cualquiera, y poder reírme de lo que sea. Miro el rostro de Rita reflejado en la ventana del otro lado del vagón, está cansada, cansada de todo, cansada de mí.

 

Sin duda alguna, ya fue más feliz.

 

Sus ojos están más pequeños que de costumbre y su frente está arrugada, no tanto como la mía.

 

De repente siento un golpe de cariño y ternura hacia ella.
La abrazaría, pero hacerlo ahora sería un error.

 

Todavía tengo alrededor de diez estaciones para salvarme, veinte minutos a media hora, dependiendo de la cantidad de gente que suba y baje del vagón. Cuando menos me lo espero se me destapa el oído izquierdo y la presión en el pecho disminuye. A los pocos minutos siento un viento helado en la parte baja de mi espalda seguido de un golpe de aire caliente en mis pies.

 

Con el cierre de las puertas del metro mi oído derecho junto con mi oído izquierdo se apagan.

 

Quizás me estoy haciendo mayor y por eso mismo mi cuerpo da señales de alarma. Rita siempre fue la más fuerte de los dos.

 

Incluso ahora, a pesar de estar irritada, conserva ese aire saludable de una persona que no toma comprimidos todos los días, como yo, y que tiene la tensión normal, no como yo, y duerme profundamente varias horas seguidas, no es mi caso.

 

Mi vida sin Rita sería una desgracia.

 

Ella intuye mi estado de incapacidad para cuidar de mí mismo, como también debe pensar que no por pena tengo el derecho de quedarme colgado indefinidamente.

 

Antes, todo se hubiese arreglado con unas vacaciones, o una noche entera haciéndole el amor sin piedad.

 

Para Rita ya es demasiado tarde, ni siquiera una cena carísima a la luz de las velas la ablandaría.


Lo más seguro es que Rita me deje de cualquier modo, y sólo está buscando un motivo de lo más banal para hacerlo.

 

Cierro los ojos y respiro profundamente, quizás no hay nada que se pueda hacer al respecto.
Estoy perdido.

 

Todo está perdido.

 

O se perdió hace mucho tiempo y yo tardé en darme cuenta.

 

Antes de llegar a la siguiente estación dejo de escuchar por completo, ni siquiera entiendo la voz de la señorita que anuncia el nombre de la parada y las conexiones que existen con las otras líneas de metro. Rita empieza a contar las estaciones que faltan para que lleguemos, yo miro de reojo su mapa, aunque no sirve de nada, porque para entenderlo necesito ponerme las gafas que Rita lleva en su bolso.

 

A mi derecha hay un grupo de niños, no deben tener más de veinte años, todos ellos llevan audífonos enormes y de colores, y al parecer hablan a los gritos porque las señoras sentadas delante de mí los miran irritadas.

 

Si yo pudiera tener uno de esos auriculares estaría a salvo, seguro que no se me taparían los oídos y además la música, cualquier música, sería lo más reconfortante que me podría pasar. Dejaría de pensar en la punta de mi nariz helada igual que mis manos, y en que haría yo si Rita me deja.

 

Hace unos años, muchos años atrás, estuve a punto de dejar a Rita, luego me arrepentí y decidí no hacerlo, pero siempre tuve la certeza de que Rita sintió que la dejaría en cualquier momento.

 

Vivía aterrorizada.

 

Lloraba por cualquier motivo.

 

Me llamaba a todas horas, dejó de ir a la peluquería, se quedaba en camisón sin salir de casa, suspirando, lagrimeando y hablando por teléfono sin parar.

 

Insoportable.

 

Luego se le pasó y volvió a ser ella, quizás un poco más fría y distante que antes, y algo más egoísta.

 

Rita me mira a través de la ventana del vagón del frente.

 

Me pregunto cómo me ve Rita, si todavía me quiere y está dispuesta a vivir conmigo unos años más.

 

Cierro los ojos.

 

Quizás como amigos nos hubiese ido mejor.

 

Rita me golpea el brazo izquierdo.

 

Abro los ojos y la miro, ella mira hacia la puerta del vagón que acaba de abrirse. Giro la cabeza y veo una mujer con un niño gordo. Es inútil protestar. Cedo mi asiento a la mujer y al niño. Rita y la mujer me miran con aprobación, el niño si siquiera se ha dado cuenta de que acaba de robarme el asiento. El vagón se va llenando cada vez más.

 

Con tanta gente junto a mí, me entra una ansiedad galopante.

 

El dolor en el pecho vuelve.

 

Los sudores también.

 

El conductor frena de golpe sin razón aparente. El vagón se queda parado unos segundos entre dos estaciones. Las personas alrededor mío protestan, miran sus relojes, cuentan las estaciones irritadas, todo esto por menos de un minuto perdido. Quiero pedirle a Rita que nos bajemos en la próxima estación. La falta de aire y los sudores fríos me están llevando a la ruina. La busco entre los brazos y los abrigos que me rodean.

 

Rita sonríe a su vecina, la mamá del niño gordo, que ahora se ha dormido.

 

También sonríe a los niños de los audífonos.

 

Rita sonríe a todos menos a mí.

 

Maldigo la hora de haber subido al metro, y maldigo a Rita por obligarme a viajar parado en este vagón infernal. Y todo para que ella y una desconocida me miren con aire de aprobación. Al final de cuentas, si Rita ha decidido dejarme no hay nada que yo pueda hacer para remediarlo. La busco con la mirada, la llamo, y nada.

 

Grito su nombre.

 

Ella me mira, entre incómoda y sorprendida.

 

Hago una señal para que nos bajemos en la próxima estación.

 

Ella asiente, contrariada.

 

El vagón parte de repente, el tacón de una señora muy alta y elegante se resbala sobre mi rodilla.

El golpe es rápido, pero certero.

 

La señora se disculpa, yo me muerdo los labios de puro dolor, acepto sus disculpas pero no por eso me inhibo de insultarla vivamente sin hablar.

 

Rita se para. Las puertas del vagón se abren y salimos tomados del brazo.

 

Yo cojeando.

 

Rita erguida y hermosa, como una estatua griega.

 

Una vez fuera, se me destapa primero el oído derecho, y luego el izquierdo.

 

Rita me toma del brazo y me pregunta si quiero cenar otra vez en la pizzería a la vuelta del hotel.

 

 

* * *

 

CRISTINA ZABALAGA (1980) estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, y Relaciones Internacionales y Comunicación Intercultural en Lovaina, Bélgica. Es autora de la novela Pronuncio un nombre hueco (Gente Común, 2012). Sus relatos han sido publicados en revistas de Bolivia, Venezuela y Estados Unidos, y en varias antologías. Ha vivido en Bolivia, España, Alemania, Bélgica, Portugal y Estados Unidos. Nombres propios, su primer libro de cuentos, se publicará en primavera de 2016 por la editorial Sudaquia, Nueva York. https://cristinazabalaga.com

 

 

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