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Memo Ánjel

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Una pequeña barca casi perdida en la niebla

 

Al lado del hombre semítico, en una mesa con dos micrófonos, estaba la mujer que hacía tres días había roto con él. Ella le había mandado un mensaje por el teléfono: “lo nuestro acabó hace meses. No me busques más”. Y él recibió ese mensaje como si lo hubieran atravesado con algo caliente y frío. Sintió un chirrido en el cuerpo y la boca se le secó. Y no supo cómo siguió trabajando en lo que hacía ni qué hizo en los días que siguieron, en los que hubo una conferencia sobre el Entendiendo y la conclusión de un curso. Pero ahora, al lado de ella, el hombre semítico parecía tranquilo, igual que un cuarto abandonado en un puerto y con ratones escondidos. Y la mujer, aunque un poco nerviosa (hablaría delante del auditorio), se veía bella y elegante. A los ojos del hombre semítico, como me dijo, las manos de ella estaban preciosas: delicadas, un lindo anillo de oro muy bien artesonado, las uñas pintadas de rojo. También le vio un trozo de pierna y recordó cuando se amaba con ella. No persistió más en mirarla. Pero supuso que las uñas de los pies también estarían pintadas de rojo. “Me molesta tener tanta memoria”, había dicho en una reunión. Por esos días se había visto con su exmujer y la conversación fue sobre dinero. De ese matrimonio solo quedaron cuentas, por eso dijo lo que dijo. Y se rio.

 

Al lado de la pareja, siguiendo un orden en la mesa, se situaron tres personajes más: el presentador del evento, un periodista y una muchacha que tomaba notas y parecía divertirse con algo, quizá con el calor y la gente que entraba al auditorio. Ese día hablarían de dos libros: uno del periodista, sobre escritores, y otro que habían escrito entre el hombre semítico y la mujer con la que había roto esa semana. Ella miraba, ida, hacia el auditorio que ya casi estaba lleno. Sus ojos chocaban, parecía, con las pocas sillas vacías que quedaban. Podría estar esperando a alguien. El hombre semítico miró a un hombre delgado y canoso que sostenía un sombrero Panamá en las manos. Estaba en la primera fila, sentado de manera muy señorial, como si estuviera en un gran hotel mirando la piscina y alguna mujer que se bañara en ella. Le faltaba el vaso de wiski en la mano y un tabaco encendido con el que hiciera ruedas de humo. Luego el hombre semítico supo que era el tío de la mujer con la que había roto, cuando se lo preguntó a ella. Ya la había visto con él, al entrar a buscar su lugar en la mesa.

 

El auditorio, de sillas naranja, se convirtió en un paisaje de caras y gestos diversos. Aumentaba el calor. Se hicieron las presentaciones y después del presentador, que recurrió a decir cualquier cosa (se lo notaba cansado), habló el periodista. Su libro se trataba de lecturas hechas, de lo que había interpretado y sentido. Hablaba bien y los que lo miraban aceptaban lo que decía. Los escritores que mencionaba casi que aparecían en el escenario. Era un buen conferenciante, alguien a quien el hombre semítico respetaba mucho. Con él había escrito cuatro libros en compañía y los resultados fueron siempre beneficiosos. Se entendían bien.

 

La mujer miraba al auditorio y de vez en cuando les sonreía a sus padres y a su hijo, que estaban allí. El niño daba la impresión de estar perdiéndose en la silla, era muy chico para su edad. El hombre semítico solo escuchaba. Le gustaba oír, pues lo dicho por el otro le permitía tener ideas para cuando él hablara. Y sí, luego habló sobre el libro de viajes que había escrito con la mujer que estaba a su lado, que parecía más flaca y que no dormía bien. El hombre semítico dio algunas explicaciones del contenido y, cuando consideró necesario, le pasó el micrófono a la mujer. Tuvo que acercárselo un poco a la boca porque ella hablaba muy quedo y no se le oía. Como pudo, la mujer continuó con la explicación que intentaba, sin acertar a decir nada interesante. No estaba bien, eso era claro.

 

El tío, con el sombrero Panamá sobre las rodillas, miraba con atención a los conferenciantes, mientras el padre de la mujer sonreía un poco y la madre cerraba los ojos. El hijo se movía inquieto en la silla. La edad no le daba para escuchar palabras sobre literatura ni viajes. El resto de los asistentes seguía las palabras con cara de estar entendiendo, pues afirmaban con la cabeza o se daban poses con las manos en el mentón. Al fondo del auditorio se veía a unos camarógrafos que grababan la conferencia. Y debieron grabar al presentador que parecía dormido. Era demasiado gordo y semejaba un Buda con gafas y con el pelo perdiéndose. La muchacha seguía tomando apuntes para luego hacer preguntas. Era joven y bonita, con el pelo negro cogido en cola.

 

Antes de que la conferencia terminara, el hombre semítico (que miraba a veces a la mujer de reojo, “me seguía gustando y yo estaba loco”, me dijo) vio que ella tomaba el teléfono y miraba unos mensajes. La vio incómoda. Supuso que alguien la solicitaba, quizá su exmarido, que se mantenía endiablado y se desahogaba con ella cada vez que al hijo le enviaban una mala nota del colegio, o cuando le faltaba el dinero. “Es un hombre de mal humor y para colmo está desempleado”, le había dicho la mujer al hombre semítico por los días en que se querían, que ya no eran en ese auditorio. La vio de nuevo molesta y con la piel más terrosa. A ese teléfono, el hombre semítico había enviado mensajes que ella no contestó. Miró al aparato como si fuera una caja de mierda.


Ya, cuando la presentación terminó, llegaron los agradecimientos a los asistentes y la invitación a comprar los libros, la mujer quiso irse de inmediato, pero no lo pudo hacer: la gente que compraba el libro quería que se lo firmara. Esto es parte de la etiqueta del evento, igual que la foto de los autores. Ella firmó algunos, desapareció, volvió a aparecer como saliendo de un humo. Aparecía y desaparecía, había sido su rutina de los últimos meses. El hombre semítico se encogió de hombros. Seguían sucediendo cosas que no le eran extrañas. Volvió a pensarla desnuda, bebiendo un café.

 

Cuando ya no hubo más libros que firmar y el auditorio se fue vaciando, el hombre semítico salió a fumar un cigarrillo al exterior. Y cuando estaba saliendo, se encontró con un colega de la universidad que, a pesar del calor que hacía, venía enfundado en una chaqueta roja. Este hombre era raro, de ojos verdosos y pelo muy rizado, con un tic permanente que le torcía la boca. Se saludaron. El hombre semítico lo vio alterado y presumió que era el calor, lo que sí lo descontroló un poco fue ver que la mujer con la que había roto, que venía detrás de él, cuando percibió al profesor de la chaqueta roja, se escondiera detrás de una columna. Como traía al hijo de la mano y este tenía una camisa blanca, el niño quedó ondeando como una bandera. El hombre de la chaqueta roja, sin saberse por qué, dio una vuelta y se fue sin despedirse. De todas maneras, el hombre semítico iba a fumar y pensó que quizá la mujer con la que había roto le estaba arreglando algo del vestuario al niño. Y de que el otro se fuera tan de repente, lo entendió: ese profesor era así, de esos que dan vueltas como los remolinos, además de que se parecía al hombre elefante. O sea que todo mantenía un orden. Y como el hombre semítico salía a fumar y no a esperar a la mujer que había roto con él, pues hablar con ella a la salida y entre tanta gente que comentaba la conferencia, no tendría sentido y más con las preguntas que quería resolver y que todavía sentía que le revolvían la sangre, pero ya no de la forma como cuando le llegó el mensaje de “lo nuestro se acabó hace muchos meses, no me busques más”, precisamente en el momento en que tomaba apuntes para llevar una guía en el trabajo que, ese día del mensaje, se iría hasta las diez de la noche. Ese día tuvo que dictar dos charlas y hacer un programa de televisión. Nunca supo cómo salió de esas obligaciones. El impacto del mensaje lo mantuvo delirando.

 

El día del lanzamiento del libro, él le había enviado un mensaje en la mañana a la mujer: “¿podríamos darnos otra oportunidad?” Y en la mesa, frente a los asistentes, le preguntó si lo había leído y ella le comentó que ya habría tiempo para ello, sin que el hombre semítico entendiera a qué se refería. También le acotó que no debía entregarle unos libros que él le tenía, que ella iría por ellos, dándole a entender que conversarían. Así que el hombre semítico, fuera del auditorio y ya con la presentación hecha, estaba un poco tranquilo y el cigarrillo le sabía bien en medio de otros tipos que querían hablarle, entre ellos el tío de la mujer, que ya con el Panamá en la cabeza parecía un señor del Caribe. Seguía haciendo calor.

 

Pero sucedió algo extraño, la mujer que había roto con el hombre semítico, casi que arrastrando al niño, parecía no encontrar la puerta de salida del auditorio y estaba muy alterada con eso, pues daba la impresión de que se hubiera perdido y se estuviera hundiendo. ¿Por dónde se sale?, preguntaba ansiosa. El hombre semítico, al verla en esa situación, le mostró la puerta y ella salió a grandes zancadas: quizá la esperaba su exmarido para llevarse el hijo ese fin de semana y ya estaría de mal humor. No le llamó la atención al hombre semítico verla salir así. Solo la vio irse.

 

En los últimos días, cuando se encontraba con él, ella salía casi corriendo. Y su comportamiento era raro: había acusado al hombre semítico de seguirla, se escondía de él si lo encontraba al azar, decía mentiras. Y si él la llamaba, nunca le contestaba. Estaban mal, esto lo sabía el hombre semítico, pero desconocía la razón. Ella le había dicho que estaba muy presionada: su padre podría tener una enfermedad grave, a la madre la estaban tratando con agujas, al hijo le daban dolores de cabeza e iba mal en el colegio, una hermana mantenía alterada a la familia con unos amores escabrosos, su exmarido había peleado con su novia y la llamaba para echarle todas las culpas, insultándola y acusándola de cosas que no había hecho. Mucho material para mentir, pensó días después el hombre semítico, pero para cuando él todavía seguía con la mujer con la que había roto, ella le decía que pensara cosas lindas y no se preocupara, que seguían juntos, que todo pasaría y las cosas volverían a ser como eran antes. Y él le creyó, aun sabiendo que pasaba algo.

 

La mujer era nerviosa y había fracasado en el mundo de las finanzas y los negocios y ahora estudiaba una maestría de lenguas en la universidad dónde él trabajaba dando cursos de urbanismo, de aquí que fuera tan fácil encontrarla en un receso de clases. También traducía textos. Era hábil pero estaba mal con ella y con otros, eso le dijo, y esos problemas la llevaron al mensaje de “lo nuestro se acabó hace meses, no me busques más”. La semana del mensaje el hombre semítico no la vio, aunque el viernes en la tarde la esperó en la cafetería de la facultad de arquitectura, sin que llegara. Esa cita la había venido cumpliendo ella hacía dos semanas, pero esa vez no vino. Él no se puso tan mal, sabía que esto pasaría. Terminar con alguien es no querer verlo más, admitió, y fue a dictar su curso de la noche. Habló sobre espacios interiores y le dio frío.

 

Pero a la salida del auditorio, el día del lanzamiento del libro, mientras el hombre semítico hablaba con el tío de ella, sucedió otra cosa. La mujer apareció al otro lado de la calle, llevando al hijo consigo, esta vez casi corriendo. O sea que no le había llevado el niño al padre, como supuso el hombre semítico, que la vio bambolearse por la acera, casi arrastrando al niño, y se encontró con el profesor de la chaqueta roja, se besaron y siguieron hacia el interior de un edificio, seguro sin darse cuenta que el hombre semítico los había visto sin proponérselo, pues fumaba y conversaba con el tío del sombrero Panamá. Al hombre semítico la visión le explotó en las entrañas y perdió la noción del lugar. Como después me dijo, quedó clavado en el piso, sin tiempo y sin entenderle nada al tío de la mujer que le pedía que lo visitara en su casa, que ella lo llevaría. Eso ya no se iba a dar. En esas se acercó el periodista con un vaso de vino y este se dio cuenta de que no era pertinente hacer ningún ofrecimiento. El calor se había estancado y olía a humo vehicular. Se escuchaban ruidos lejanos y cercanos. La ciudad bullía.

 

Pasaron muchas cosas, entre ellas que ya tuvo sentido para el hombre semítico la pregunta de qué asunto estaba pasando, de que el circo había levantado las carpas y él se tendría que marchar a sitios menos decadentes, de que el mago debía desaparecer y a ella le quedaría el enano y el hombre elefante. Tuvo que aceptarlo: la mujer ya estaba con otro, y ella había evadido el engaño con el mensaje de “lo nuestro se acabó hace meses, no me busques más”. No había cómo reclamar con base en lo que ya no existía. Ese “hace meses” la liberaba de cualquier traición. Solo que se lo había dicho meses después, cuando el hombre semítico todavía la buscaba y trataba de entenderla cuando ella le decía que solo quería estar sola, encerrada en unos límites. Un juego de intimidad, sin testigos, que al fin resultó siendo, como logró hilar el hombre, una trama de mentiras poco inteligentes: el padre enfermo, la madre con agujas, el exmarido recitando maldiciones, la hermana de los amores disfuncionales, el hijo con la cabeza adolorida, todo eso reunido para que no la vieran con el hombre elefante. El hombre semítico entendió la situación de un solo golpe, como si le hubieran estampado un cartel en la cara. Y cuando se recuperó, cosa que debió dar qué decir a los que seguían hablando con el periodista que le había llevado el vino, quizá todos se percataron de que al hombre semítico le pasaba algo, él levantó la mano y se fue a paso lento. A lo lejos vio al profesor de la chaqueta roja que atravesaba la calle solo y que seguramente era el que le había enviado los mensajes que habían alterado a la mujer. Le importó un carajo que fuera así. Y ya en el infierno, destrozando mentalmente a la mujer como quien hace harinas de un pan viejo, llegó hasta una librería cercana en la que había separado un libro: Hasta la muerte, de Amós Oz. Miró con cuidado la carátula, en la que se veía una pequeña barca casi perdida en la niebla. Le gustó. Pagó el libro, miró el celular por si algún mensaje y finalmente tomó un taxi y la ciudad se lo tragó. Ya comenzaban a aparecer las sombras y se encendían las luces. En uno de los semáforos en rojo, una mujer gorda miraba al interior de una canasta. Los edificios a lado y lado de la avenida parecían hacer una guardia de honor a un hombre muerto. “Hacía un calor de mierda, para podrir a cualquiera”, me dijo el hombre semítico.

 

-¿Y ella?–le pregunté.

 

-Creo que se la tragó un mar. La última vez que la vi iba mordida por un diablo-me dijo. El hombre semítico había rebajado unos kilos.

 

 

 

* * *

 

MEMO ÁNJEL escritor sefaradí y profesor universitario. Bebedor incansable de café y aprendiz de bailador de tango.

 

 

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