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Stephanie Scott

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La delicadeza del cristal

 

Mi Buela cuenta que cuando mi madre era una bebé le encantaba tirar los adornos de cristal desde el segundo piso y ver cómo se rompían al estrellarse. Mi Buela se deleita y sonríe recordando la expresión de felicidad y la risa de su pequeña cuando miraba esos cientos de pedacitos de vidrio brillando. “Como era la primera y era la mimada, y además había para comprar más cristales, le dejábamos y no le decíamos nada. Luego rompía los cristales nuevos y comprábamos, nomás. Y ella era feliz.”

 

En la reunión de madres y padres del taller de la no-estimulación al que yo llevaba a mi hija de 10 meses, la directora nos explicaba la base fundamental de la socialización del ser humano:

 

Cuando el bebé muerde el seno por primera vez y la madre salta de dolor, el bebé se da cuenta que “el otro” siente.

 

Cuando un niño pequeño está jugando y accidentalmente tumba y rompe el florero favorito (regalo de aniversario), la madre llora y el bebé se da cuenta que “el otro” siente.

 

Estas son las pequeñas lecciones genuinas y espontáneas que ayudan al ser humano a transcender el estado natural ego-céntrico de la primera infancia y a desarrollarse en lo social.

 

En el taller, mi hija no se daba cuenta del espacio que ocupaba ni del que ocupaban los otros bebés. Se movía con juguetes de madera en su mano y no percibía cuando accidentalmente alguna parte de su cuerpo o los mismos juguetes golpeaban a algún otro bebé, especialmente dado que ella ya caminaba y los demás seguían en el piso, fuera de su campo visual. A veces, por un momento, mi hija miraba con curiosidad al bebé llorando, pero no relacionaba ese llanto con algo que ella hubiese hecho.

 

Pasó un tiempo, y un día, otro bebé que tambaleaba intentando dar pasos con un juguete en su mano, golpeó a mi hija de 11 meses accidentalmente. Ella había estado de lo más absorta en su propio juego y no había percibido ese cuerpo que se movía cerca del suyo. El mundo paró por un instante. Se quedó quieta, miró a su alrededor como si viera el espacio y los otros seres por primera vez. Desde entonces, tuvo cuidado de los demás, no sólo dentro del taller pero también en otros lugares y con otros seres, incluida la pobre gata de mi amiga a la que por fin dejó de agarrar por la cola ese mismo día, sin que nadie le dijese nada.

 

Cuando mi madre rompía los cristales no se alteraba el universo. No hubo lloro que perturbase su concentración. Luego, iba a buscar y un cristal la esperaba en el mismo lugar. ¿Nunca nadie se lastimaría con algún vidrio? Si fue así, ¿mi madre lo supo? ¿Mi madre miraría el esfuerzo de alguien recogiendo el desastre? Hace tiempos que dejé de indagar más profundo en los recuerdos de maternidad de mi Buela, pues siempre recibía la misma respuesta: “Ay, no sé. Como habían tantas empleadas.”

 

Yo solía imaginar que yo era el cristal que mi madre tiraba solo para verlo romper.

 

Una

 

y

 

otra

 

vez.

 

Miles de pedazos de mí, solo para verlos danzar.

 

Yo solía imaginar que yo era el cristal que mi madre tiraba solo para verlo romper.

 

Una

 

y

 

otra

 

vez.

 

Miles de sonidos de mí, solo para escucharlos cantar.

 

Pero ahora entiendo que yo soy el piso y ella se estrella contra mí.

 

En los primeros encuentros del taller, yo, mortificada, trataba de enseñarle a mi bebé de tener cuidado y no pegar. La directora me corrigió diciéndome que mi hija ni siquiera tenía el concepto de lo que era pegar y no había ningún sentido en tratar de explicarle lo que era tener cuidado a esa edad. “Un día, alguien la va a golpear por accidente y se va a dar cuenta porque va a experimentarlo y sentirlo dentro de ella,” me había dicho.

 

Yo soy el salto, el llanto, el golpe.

 

Yo soy el accidente que sacude el universo de mi madre.

 

En su época a las niñas las criaban como si fueran de cristal, “que no nos dé el viento, que no nos dé el sol,” me contó alguna vez, con un suspiro mitad lamento, mitad nostalgia.

 

Yo nunca fui esa niña de cristal. No eran los pedazos de mí que estallaban y rodaban hasta dispersarse y convertirse en susurros y luego quietud. Era mi madre la que se impactaba contra el piso y se rompía. Es mi madre la que se impacta contra el piso y se rompe. Será mi madre la que se impacte contra el piso y se rompa.

 

En ese ritual sin sentido en que nunca se agotaban los cristales porque pensaban que ella era tan feliz.

 

En ese ritual sin sentido del que nadie decía nada porque pensaban que ella era tan feliz.

 

En ese ritual sin sentido en que nadie sentía nada porque pensaban que ella era tan feliz.

 

En ese ritual sin sentido en que nadie sufría nada porque pensaban que ella era tan feliz.

 

En ese ritual sin sentir.

 

¿Cómo se puede ser feliz sin sentir?



 

* * *

 

STEPHANIE SCOTT is a mother, educator, artist, dancer and writer living in Quito, Ecuador. “La delicadez del cristal” explores the contrasts between raising her own daughter in Quito in the 2010's under very different circumstances than her own mother was raised in Riobamba in the 1960's. Stephanie holds a BA from Georgetown University, an MST from Fordham University, is a former New York City Teaching Fellow, has received national recognition for her education work with immigrant communities in Washington, D.C., blogs as Spanglish Mom, is one-half of the bellydance duo ReinaBellydance and is creator of the one-woman show EVAlución. Stephanie is a VONA 2015 alumna.

 

 

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