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Carlos Martín

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Bastión europeo


Hubo un tiempo en que el Mediterráneo comenzó a llenarse con los cuerpos de inmigrantes que desesperados arriesgaban la vida cruzando el mar. Un mar que en el pasado sirvió para estrechar los lazos entre las culturas bañadas por sus aguas y que ahora ejercía de eficaz barrera natural entre ellas. Como respuesta a dicho fenómeno y, ante la presión de la opinión pública, los gobiernos europeos se turnaban en lavarse las manos; rehuían la responsabilidad emitiendo declaraciones grandilocuentes que no conllevaban ningún efecto real aparejado. Mientras, pasó el tiempo y se ahogaron todavía más personas bajo las inconsolables olas del mar. De tanto que se repetían las desgracias la gente se habituó a las noticias, hasta el punto en que pronto las tragedias de los inmigrantes se volvieron invisibles. Así las cosas, y dado que ya nadie se percataba de lo que sucedía, los políticos podían dormir tranquilos por las noches con los deberes hechos y poner sus mentes privilegiadas al servicio de asuntos más acuciantes. Sin embargo, cierto día la alarma se extendió entre los presidentes de las poderosas naciones europeas. Habían comenzado a aparecer inmigrantes por las calles de distintas ciudades a lo largo de la costa del Mediterráneo. ¡Maldita sea, debe ser un error! vociferaron al enterarse. ¡No hay manera de que lleguen. Tenemos cámaras y satélites, vallas y patrulleras, estamos al tanto de cualquier movimiento! ¿Cómo hemos sido tan incompetentes? No tardó en salir a la luz lo ocurrido: tan solo era cuestión de tiempo que el Mediterráneo se fuera llenando de cadáveres. Hasta tal punto, que llegó un momento en que fue posible atravesarlo a pie sobre los cuerpos de los fallecidos anónimamente en incontables travesías. Ahí residía entonces el problema europeo: ahora podía cruzarse sin demasiada dificultad, como si de un puente macabro se tratase. Con todo, resultó que los políticos habían hecho demasiado bien su trabajo; supieron mirar para otro lado y ordenaron de forma tajante que les imitasen los cuerpos de seguridad de sus respectivos estados. Todos habían mirado tanto para otro lado que no vieron venir a los inmigrantes andar sobre las aguas.

 

 

 

La necesidad de volar


El rey, disgustado con no poder volar, decide retar a dios. Urde un plan y ordena reunir a todos sus súbditos para llevarlo a cabo. Estos deberán subir a la cima del precipicio más alto de su reino, de donde deberán saltar, extender los brazos e imitar el vuelo de los pájaros. El día designado todo el reino acude a la cima a contemplar los saltos. Quieren ser testigos del milagro de poder volar que su señor les depara. Aspira a ser conocido como el más grande benefactor de la historia y para ello deberá usar sus tretas frente al dios todopoderoso. Llega el momento esperado; el primero de los súbditos en ofrecerse da un paso adelante. La posibilidad de llevarse la gloria siendo el primero en volar le hace sonreír entusiasmado. Saluda al rey, se encomienda a dios y salta. Muere reventado contra el fondo del precipicio. El silencio del público solo es roto por el llanto de la madre del sacrificado. Sucesivamente van saltando súbditos uno tras otro. Todos mueren sin remedio estallándose contra el suelo. La multitud llora desesperada. A estas alturas la mayoría de los presentes ha perdido ya algún familiar o amigo. No obstante, el rey se complace cuanto más insufribles son los llantos y lamentaciones. Sabe que le permiten poner a dios contra las cuerdas, que juegan a su favor. Está plenamente convencido de que cuando el sufrimiento aumente hasta alcanzar un viso intolerable, dios no podrá seguir haciendo oídos sordos y pondrá fin a tanto sacrificio inútil. De lo contrario, si permite que todos sus seguidores mueran uno tras otro cometerá un suicidio. Por eso espera ansioso el momento cada vez más cercano de ver a un saltador desplegar las alas en plena caída y remontar el vuelo. Sin embargo, la fila de saltadores se acorta. Tan solo queda un puñado de infelices. El rey apenas puede aguantar los nervios. Por primera vez se le pasa por la cabeza la idea del fracaso. En torno al puñado restante comienza una refriega contra los guardias. Se rebelan todos negándose a saltar, menos uno, que permanece sosegado. La guardia real los golpea y luego los obliga a saltar lanzándolos al vacío. Todos terminan aplastados al fondo del precipicio. Solo queda él por saltar. Sin vacilar, se acerca imperturbable a sus familiares a los que les pide le presten dos capas. Las anuda para envolverse de forma intuitiva brazos y espalda en forma de alas, y se sitúa contra el viento. Saluda al rey, se encomienda a dios y corre para coger impulso antes de llegar al borde. Se tira, planea ante el asombro de los presentes, y desaparece a lo lejos en la espesura del bosque. Todos quedan conmocionados. El rey sale de su ensimismamiento como atravesado por un rayo y ordena, aun tembloroso por la emoción, encontrar a ese hombre inmediatamente. Por ahora, se da por satisfecho, el resultado le sitúa con cierta ventaja. Sin embargo, la partida va a ser más dura de lo que creía.




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