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Carlos Martín Cabrera

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LA SENSIBILIDAD DE LA BALA

 

Cuentan que acaso su único contacto humano fue el inevitable en el vientre de su madre durante los nueve meses de embarazo; una vez nació ya no volvería a sentir a otro ser vivo nunca más. Sin embargo, te puedo asegurar que en realidad las cosas no sucedieron exactamente así; nadie puede vivir sin contacto con los demás. Lo que sí es totalmente cierto es que este estuvo limitado a lo estrictamente necesario: ser alimentado, bañado, alguna visita al pediatra, y poco más. Es en algún punto impreciso en su adolescencia, edad en que se extravían las caricias, cuando realmente comienza todo; no volvió a tocar a nadie. Incluso se puede afirmar que, a partir de entonces, se valdría por sí mismo hasta el desventurado momento de su muerte.

 

Respecto a lo del perro, es verdad lo que cuentan. Cuando éramos niños, le gustaba pararse ante la casa del pastor alemán y pegarse lo más posible a la reja. Se acercaba tanto, que llegaba a notar en la cara el aliento del perro ladrando histérico. Solía decir que los ladridos ensordecedores de aquel pastor alemán le hacían sentirse inexplicablemente vivo y permanecía así largos ratos, ensimismado ante la reja. Al alistarnos en el ejército, no me cabe duda de que los gritos y el mal aliento del sargento le recordaron tanto a aquel perro que enseguida se sintió como en casa. Éramos unos niños el día que nos enrolamos; por aquel entonces no había nada mejor que hacer en Kansas, ni lo sigue habiendo hoy.

 

Cuando nos dimos cuenta nos encontrábamos desplegados en Irak, apenas completada la instrucción. Al llegar a suelo enemigo, las balas nos seguían a todas partes ávidas de sangre, los estallidos de las bombas sacudían la fragilidad de nuestras almas. Hay quien dice que fue una de las explosiones lo que sin duda lo trastocó; yo, que crecí con él, sé con toda seguridad que no tuvieron nada que ver.

 

Sucedió el día que caímos en una emboscada en Faluya, la Ciudad de las Mezquitas. Por suerte, conseguimos ponernos a cubierto y defendernos del ataque sorpresa. Atrapados en fuego enemigo sentíamos el plomo diluviar a nuestro alrededor. Entonces le vi apuntar a un atacante con su fusil M16 y abatirlo de un tiro en la cabeza. Acto seguido algo lo sacudió por dentro; se quedó ensimismado, igual que hacía de niño ante la reja del pastor alemán. Permaneció así hasta el final del enfrentamiento. Una vez de regreso en la base, le comenté lo sucedido. Aún algo confundido, me explicó que había experimentado una sensación desconocida para él. Intuí que el dolor de aquel iraquí al recibir el impacto de bala había agrietado su insensibilidad, pero jamás imaginé lo que estaba por venir.

 

A partir de ese momento su conducta, aunque valiente, rozó el consejo de guerra. Acumuló varios expedientes disciplinarios. Se arriesgaba demasiado poniendo en peligro las operaciones, su vida y la de los demás. La tropa lo adoraba, les infundía coraje tener a una especie de Rambo de su lado. Pero allá no estábamos en ninguna película, era una lucha constante por mantener el horror a raya en un lugar en el que se expandía a sus anchas por todas partes. A la siguiente que montara se le iba a caer el culo, le dijo el comandante. Pero él no jugaba a ser un héroe, ni siquiera era su intención perjudicar a la unidad. Una fuerza desconocida lo poseía llevándolo a cometer aquellas imprudencias, hasta que sucedió lo inevitable.

 

Durante el ataque a una posición enemiga, volvió a desobedecer las órdenes y se expuso abiertamente al fuego enemigo. Corría hacia donde venían las balas como el que se reencuentra con sus seres queridos. Como si cada bala fuera una caricia perdida, un beso lejano, un abrazo ineludible. No tardó en recibir un disparo en el pecho y caer al suelo formando un charco de sangre. Cuando pudimos llegar hasta él aún estaba consciente. Moría irremediablemente, pero sonreía. Le pinchamos morfina para robarle el dolor a la muerte y permanecimos a su lado aquellos instantes que sabíamos serían los últimos. Inconscientemente anhelaba sentir a otro ser vivo, y vaya si lo logró, aunque fuera de forma tan insólita. La autopsia tan solo revelaría lo evidente, el impacto de la bala le había partido en dos el corazón.


* * *

 

 

 

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