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Cristina Zabalaga

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MIEDO

 

Todos los elementos del relato se encuentran al servicio de una intriga.
A los tres días me subieron a un bus que partía rumbo al norte. Me acurruqué en mi asiento y me quedé profundamente dormido. Cuando desperté, no vi palmeras, arena blanca o mar. Sólo había edificios y letreros enormes con palabras que no entendía.
¿Qué pasó con las palmeras? Pregunté a mi tía.
Ella me miró confundida, y luego corrió a abrazarme. Mi tío me dio la mano, como papá, sólo que la suya no era frágil y pequeña, me sorprendió la firmeza de sus dedos en contacto con los míos. Hay tantas maneras de dar la mano, pensé.
Lo primero que hice cuando llegué a casa de mis tíos fue hablar con mami por teléfono. Ella habló a toda velocidad, casi no entendí lo que decía. Todavía me sentía mareado y débil. Antes de que me colgara el teléfono me dio tiempo para decirle que saludara a mis hermanos, solo entonces me di cuenta que no me había despedido de ellos.

 

A veces me siento como un intruso en casa de mis tíos, ocupando el lugar que era para otro. Para Miguel Ángel. Era un buen chico. Murió antes de tiempo, dice mi tía suspirando. Tuvo mala suerte, añado por decir algo. Pobre. Salió a la calle justo cuando comenzó el tiroteo que ni siquiera iba dirigido a él. Tengo un cuarto para mí solo. Puedo pararme de cabeza si así lo quiero. No hay nadie que me diga lo que tengo que hacer. O que me robe la almohada. Se siente raro. Nadie se tira pedos en medio de la noche. Tengo mucho espacio a mi alrededor. Extraño los chistes de Ramón antes de dormirme. A veces me siento muy solo. Paso los días mirando la tele.
Mi tía se disculpa porque no puedo salir con ellos los domingos. Hasta que llegue la carta es mejor que no salgas. No puedo ir al supermercado, a la misa, o sentarme en un parque a tomar el sol. Tampoco me llevan donde sus amigos. Mejor que nadie se entere de que estás aquí, me dice con pena.
Sueño con una pizza XL para mí solo, dos pizzas al precio de una. Una Coca-Cola gratis con dos porciones de alitas de pollo. O una porción de helado y un donut si compro dos hamburguesas con queso. Mami me reta por teléfono. Miguel no vas a comer más de la cuenta. Después no vas a entrar en tus pantalones, ni en tus calzoncillos, escucho la voz de Ramón riéndose detrás de mami. Silencio. Golpes. Gritos. Seguro que a Ramón le toca hoy el cinturón de papi, pienso con envidia.

 

El suspense no se define por su tema, sino por la forma de acercarse a él.
Un día, a media mañana, se va la luz. No puedo ver la tele. No tengo nada que hacer. Me aburro. Hago un par de abdominales sobre el suelo de mi cuarto. Vuelvo a tender mi cama, estirando las sábanas con mucho cuidado. Decido salir afuera. No lo pienso dos veces. Recojo la llave de la puerta que mi tía dejó en el cajón de la cocina, sólo para una emergencia, me dijo muy seria. Esta es una emergencia, pienso. Se ha ido la luz. No tengo nada que hacer. Estoy aburrido. Giro la llave con mucho cuidado. Escucho la voz de mami. Te vas a portar bien, como un hombre, cuidado de hacernos quedar mal. Las advertencias de mami suenan cada vez más bajito, a veces no llego a entenderlas.
A partir de ese día salgo todos los días. Una vez en la mañana antes del almuerzo, y otra vez en la tarde, antes de la cena. Lavo los Nike blancos en el baño, a la vuelta, para que mis tíos no se den cuenta. Luego los seco con papel higiénico, con mucho cuidado, y los dejo guardados debajo de la cama, hasta el día siguiente.

 

El género pretende provocar interés a partir de la expectativa.
Cada día me animo a ir un poco más lejos. Sospecho que la carta de la que habla mi tía no llegará nunca. ¿Y la carta? Pregunto todos los días cuando la veo aparecer con el correo. Mañana, dice ella, tratando de parecer optimista. Mi tío no dice nada, aumenta el volumen de la tele para no escuchar lo que decimos. Siento un hueco enorme cuando pienso en Talanga. En mami, que no se puede pintar las uñas como la tía, en papi que se levanta tarde, y no de madrugada como el tío. Nunca pensé que llegaría a extrañar los gritos de mami, o el cinturón de papi.
Hablamos cada vez menos. Mami me bendice con alguno de sus Santos, manda saludos de parte de todos y se despide corriendo.
Debe pensar que me estoy agringando, como los tíos.
A pesar de la lluvia decido salir después de tender mi cama dos veces, ver los comerciales de las mañanas, y probarme mi ropa como todos los días. Los pantalones ya no me quedan largos como antes.
Mami, estoy más grande y gordo, digo en voz alta.
Silencio.
Nadie me escucha.
Camino sin sentir la lluvia que cae sobre mis Nike y mi capucha azul.
Cuando llueve pienso en Talanga.
Pienso en los comerciales de envío de dinero, en las caras sonrientes de los que envían dinero, y los aplausos de los familiares que lo reciben. Todos parecen felices. Pienso en mami.
Cuando llueve en Talanga hay barro por todas partes. Y charcos. Serpientes. Ranas. Lagartijas. A las ranas las guardamos en latas de leche en polvo. Al principio se mueven tanto que si no sujetamos la lata con fuerza, la lata se nos escapa rodando, y mami nos descubre. Después de unas horas, la lata se queda quieta, la rana ya no se mueve.
Hoy me siento como las ranas.
Doy de comer a las palomas los cereales que llevo encima. Cuando se me acaban me levanto. A pocos metros del banco alguien ha dejado una bicicleta. Una bici verde abandonada en el suelo. Como si ya no la necesitaran más. Sin pensarlo dos veces me subo a la bici.
Sólo media hora, digo en voz alta. Un paseo de media hora y la traigo de vuelta.
Me sorprende el tono de súplica que utilizo, el mismo con el que le pedía a Miguel Ángel que me prestara sus patines nuevos. Miguel Ángel, ahora tengo tus zapatos y toda tu ropa, pienso, y tú no puedes hacer nada para quitármelos.
Me subo a la bici y pedaleo con todas mis fuerzas. Cierro los ojos. Puedo ver a Ramón corriendo detrás de mí para quitarme los patines de Miguel Ángel. Acelero, no vaya a ser que Ramón me alcance y me quite mi turno.
Hoy es mi cumpleaños, me siento invencible, nada puede detenerme.
Mami, grito, estoy solo y hago lo que quiero.
Papi, tengo un control remoto para la tele. Una tele para mí solo.
Antes de gritarle a Ramón que tengo ropa nueva, algo me golpea por detrás.
Abro los ojos y me veo en cámara lenta cayendo de la bicicleta.
Me duele todo.
Escucho una sirena.
Me pongo nervioso.
Ya no llueve.
Pienso en la rana que agoniza en la lata debajo de la cama.
Me concentro en los Nike blancos, los zapatos de Miguel Ángel.
Cierro los ojos.
Pienso en la carta.
En las hieleras, el frío, los zapatos de María.
Y en la pizza con doble de salami y el milkshake de chocolate con crema gratis que me toca hoy porque es mi cumpleaños.
Pienso en cómo les voy a explicar a los tíos que sólo salí a dar una vuelta.
Me pregunto cómo será el viaje de vuelta a casa.
Al suspense también se lo conoce como "terror inteligente".



* * *

 

 

 

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