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Ernest Carranza

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(DES)RUPTURA

 

Sentado en el banco, incómodo por el extraño diseño y el frío inhumano del acero, acomodó sus nalgas por enésima vez. Trataba de centrarse, de aislarse por un momento del runrún hermético, del vaivén incesante de caminares, de la asfixiante compañía de su especie. Auriculares al oído, música de jazz y un procesador de textos en blanco. Un mapa virtual y un enjambre infinito de círculos diminutos en cuya maraña, quien sabe, podría hallarse la calidez de un hogar. Nombres, números y pestañas abiertas en el navegador, donde las ventanas parecían amontonarse en cascada como cartas de una baraja infinita. No, no haría eso, porque apenas había tenido aún la tentación de extraer el portátil de la mochila. Absorto, apenas había conseguido salir de su ensimismamiento, del torrente de pensamientos que lo acuciaba y atenazaba y condenaba momentáneamente a seguir perdido en la inopia.

 

Lo había dejado todo atrás. Se había desprendido del pasado como quien deja un coche en el garaje para siempre, sabiendo que el auto estaría esperándolo diligentemente hasta el día en que decidiese volver. Se iba con el convencimiento —si es que hay convencimiento posible— de que era ahora a nunca, cara o cruz, punto de inflexión, la inercia del riesgo. Había renunciado a un futuro prometedor en la agencia, qué crack estás hecho, el tío más creativo, tú apuntas alto, un fenómeno, tengo proyectos para ti. Pensaron que a más palabras melifluas, a más lisonjas oportunistas, a más augurios triunfales, más alimentarían su ego, más lo anclarían a la roca. Erraron sus quinielas. Tenía treinta y cinco años y la sensación de estar haciendo el trabajo más divertido y mejor remunerado del mundo. Por eso lo dejó.

 

Observaba con detenimiento a los empleados de limpieza y trataba de verse reflejado en ellos. Empujaban sus carritos con parsimonia y agarraban los utensilios con desdén, quizás pensando en el huevo que batirían para la cena o el thriller que piratearían en Internet. Los veía y se reafirmaba en su proceder. Estaba seguro de no poder soportar la rutina de confort, la anestesia de lo previsible, la sensación de ser apenas una tuerca en el engranaje de la rutina, la marioneta que permite mover los hilos. Había truncado tradiciones, había roto continuidades, había quebrado equilibrios inquebrantables. El destino no escrito de la familia. El lamento sutil de los amigos. Pero a dónde vas a ir con lo bien que estás, y qué vas a hacer, pero tú sabes lo que estás diciendo, como aquí en ningún lugar, pero volverás pronto, ¿verdad? Una fuerza lo impelía, él no sabía por qué, ellos aún menos. Era nadar a contracorriente, lo cual era bueno porque lo hacía más fuerte, lo cual era malo porque lo agotaba rápidamente. Su causa no tenía más abogado que él mismo.

 

Señores y señoras que limpian, facturan maletas o escanean pasajes sumidos en la comodidad de la reiteración, ebrios de tranquilidad. Los admiraba y, por qué negarlo, quizás también los envidiaba. Ellos no tendrían que soportar el peso de la disyuntiva ni expedir justificaciones constantes, sírvase usted mismo. No tendrían que hacer del trabajo su vida, hipotecar su mundo a cambio de una pizca de motivación. Perdía la mirada por la inmensidad de la terminal, el imponente amasijo de hierros, las colas impacientes, el bullicio de las puertas giratorias, el ajetreo de los mostradores. Fijaba sus pupilas en los paneles electrónicos, dejándose llevar por el frenesí del cambio, sin saber si lo que veía en las hipnóticas luces le gustaba o no, porque le recordaba el vértigo que acaso había olvidado. El aeropuerto era el negativo fotográfico de su estancamiento. Desde pequeño soñaba con aquellas cuatro paredes y su ir y venir de gentes, puerta a lo nuevo, pasaje al deseo, entrada a los mundos que algunos parecían querer limitar con telúrica terquedad. Era oír el eco enorme de los pabellones, era palpar el mármol de las columnas, era ver el brillo centelleante de ventanas y rótulos y transportarse a otra realidad.

 

El recuerdo de la infancia lo apartaba momentáneamente de la congoja pero no conseguía cesar sus tribulaciones. Truncar algo que nunca se debería haber truncado, huir de un país donde uno sólo se va si le echan, irse sin la épica del no hay más remedio era tan alentador como temerario. Dormitaba en la terminal y despertaba con la ilusión de que aquello fuera un espejismo, una pesadilla que lo hubiera sobrecogido momentáneamente y que desaparecería rápidamente como el agua de lluvia que se pierde por el imbornal. Fantaseaba con el Deus ex machina que lo libraría de la culpa del desertor y restablecería por fin el orden perdido. Se imaginaba departiendo en la sala más angosta de su antro de juventud con Félix y Antonio, escudriñando las mejores calas de buceo con su tío Roberto y su primo Alfredo, mostrándoles la última joya del cine independiente a sus padres Manuel y Teresa, trapicheando información con los amigos sobre Carla —su último desamor—. Por un momento se vio saboreando el chocolate a la taza en la vetusta cafetería del centro, admirando las recónditas galerías de arte del barrio judío, visitando a Emilio —el viejo profesor de filosofía con el que había matado tantas tardes de domingo—, rastreando con fruición el stock más reciente de vinilos de Peter, su coleccionista de guardia. Estampas de vida sucediéndose como fotogramas en un carrete, instantes que lo atrapaban y lo lastraban como el chiquillo travieso incrustado en la pierna que apenas deja andar.

 

La realidad, obstinada, se empeñó en hacerle ver que había dado un salto al vacío. Ya nada sería igual, porque algunas complicidades quedarían rotas para siempre y porque cuando volviera de la tierra de las oportunidades él sería otro y los demás también. Creyó que la desruptura, como el desexilio, sería un plato indigesto que algún día tocaría degustar. Como el espejo que se rompe y ya nunca queda igual por mucha cola y esmero que uno le ponga. En ese instante quiso que la llamada de su vuelo al JFK no se produjera jamás, que el tiempo se congelara y que las agujas del reloj frenaran en seco para mantener la certeza de que aún había vuelta atrás.

 

Cinco años después volvió. No había encontrado lo que buscaba. Sin duda, volvería a hacerlo.


 

 

YO, VOS, OTROS


Supongamos que yo y vosotros fuéramos uno. Supongamos que esa ristra de retazos, momentos, acciones, devenires y acaecimientos dispares que la masa ha venido a llamar persona existiera realmente y que pudiéramos efectivamente fundir nuestros seres en algo presuntamente unitario. Supongamos que el nombre hiciera la cosa y que siete letras pudieran enunciar lo que dentro de nosotros mismos no es más que entropía y desconcierto. Supongamos que las desarticulaciones, desacoples, desconjunciones y desinserciones que una simple observación revela no fueran más que una ilusión para obnubilar nuestra única y estentórea condición.

 

Entonces, si así fuera, ¿a qué pretender que no hemos sentido nunca el despecho del extrañamiento propio, cuando el espejo nos ha devuelto esa imagen distorsionada de nosotros mismos, que no es sino la pura realidad? ¿A qué figurar que nunca, nunca, nunca hemos sentido el oprobio de vernos desde fuera, el escarnio del hombre que se sabe mucho menos de lo que se creía? ¿Para qué la farsa del ser íntegro y ejemplar alimentada por una cadena de complacencias interesadamente sincera, por ese sistema que premia la idea y condena lo íntimo? ¿Acaso no estamos sino abocados a la continua representación del “yo”, en perpetua proyección engañosa?

 

Os miro desde la compunción, desde la vagamente determinada intención de establecer nexos. Creo ver reflejos de un pasado común que pugnan por salir a la superficie como burbujas en el agua, que se desvanecen como montículos en el desierto. Me invito a pensar que tú, tú, tú y vos tenéis, tenés, algo que me pertenece, quizás viceversa, o quizás es demasiado aventurar que ese cinco años antes, ese holograma de instante pretérito tuviera la menor relación con cualquier presente. Tal vez sea exacta la ficción que teje la multitud día a día con su anhelo de singularidad, cargándonos constantemente en su afán acusador. Negativo. El hilo se rompe tan pronto como uno decide cortar la identificación con sus múltiples culpas.

 

El humano se revela en lo que evita y se define en su indefinición. Inútil aspirar a ser poco más que una entelequia parcheada de verdad. Si algo os distingue es que no somos lo que creo ser. Somos tantos entre uno.


* * *

 

 

 

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