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JORGE HERNÁNDEZ LASA

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LED (LIGHT-EMITTING DIODE)

 

Te quiero azul,
siempre, nunca,
con las tinieblas envolviendo
mis dedos y mi aliento
arrastrando tu piel. Te quiero
azul en tu temblor caliente
de sudario de luna.
Sé, sabemos,
el apócrifo arte
de ver sin mirar,
con párpados que se buscan
en el crujir de oscuridad. Te morderé
allí donde el meandro es culebra,
allí donde las columnas encajan
la gloria del arco ojival.
Pronto, tarde,
andaré por tus aires difíciles,
agitando la rama en flor,
mascando plegarias, rasgando
versos de águila y nube.
Cian, sombra,
donde antes veía
el destello inmenso
del bostezo del sol.
Ciego, sonámbulo,
por lumbres negras
que alargan mi pena,
pesar por pasar,
solo una vez,
por la meseta blanca,
donde el día se viste de noche
y la noche se acicala de día.
Avanzo, retrocedo,
por tu nada,
lengüetazos sádicos,
mano firme, batuta invisible,
tocando sin dedos, leyendo
bucles de cobre y riberas de ocasos
color tormenta y azafrán.
Bajo y subo
el mundo;
ramajes, mares,
huesos, miradas:
—azul azul azul—
tu mismo tú
en mis manos,
robando al tiempo
un minuto de paz.

 

 

 

SIN TÍTULO

 

Esto no es un poema de amor
sino de urgencia.
El tiempo palpita en un reloj automático.
Pronto me iré y te miro,
disimulando mal, ansioso e inconsciente,
al igual que todos los hombres.
Y aun así lo intento,
a la distancia de una mesa de café,
en una penumbra atenuada por mala música.
Me defiendo cruzando las piernas.
Otro poco, un vistazo más…
Sé que te estás enterando
y me da igual.
Yo, todo mi orgullo de palabras,
busco en mi cultura
y en el laberinto de mi idioma
el adjetivo perfecto para describir
tus dos ojos de invierno,
dos iris de lluvia y rocío,
la meseta de la jara y el enebro.
Quiero poseerte a hurtadillas,
resbalándome a bocanadas.
Quiero correr gustoso entre
tus pozos de jarabe y miel.
Quiero ser el primero en pisotear
la hierba que nace orgullosa
entre los surcos de un camino.
Pero me iré al fin, sin remedio,
con ellos en mi mente,
sin haber tenido el valor de someterlos;
ellos flotando entre los míos,
espectadores de mi impotencia.
No me juego nada. Soy otra vida,
aquella que se dice en damero y suburbio,
aquella en la que las palabras siempre importan.
Pero sábete orgullosa, zarza y romero,
porque robas instantes al tiempo.
Frases que empiezan y no terminan
en tus dos luceros, silencios tensos
y gritos de horror cuando parpadeas.
Me siento escribir dos veces
este poema; apático, apenas
triste, porque, ¿qué más da?
No me juego nada.
Y entonces, en una rápida finta,
con movimientos que no se enseñan,
puros como el juego de un niño,
te abalanzaste y huiste,
y supe inmediatamente
que tus ojos solo se apagan
en mí cuando me besas.
Esto no es un poema de amor,
sino de urgencia.


* * *

 

 

 

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